“CUANDO EL FANATISMO GANGRENA EL CEREBRO, LA ENFERMEDAD ES CASI INCURABLE”

La frase que da título a este artículo se atribuye originalmente al ideólogo ilustrado François-Marie Arouet, más recordado como Voltaire. Quien esto escribe la desconocía y la encontró por casualidad en el perfil de una seguidora y amiga de NOTIGODÍNEZ en las redes sociales.

Curioso, hallar esa frase en el contexto de la conmoción internacional por el reciente fallecimiento de Alberto Aguilera Valadez, cantante de Televisa mejor conocido como Juan Gabriel. Aunque la noticia se difundió viralmente tan pronto se supo del deceso, el domingo pasado, en este medio alternativo sólo pudimos prestarle atención hasta el martes siguiente, día en que la prensa seguía dando todo tipo de pormenores sobre la muerte del sujeto, el destino de sus restos, las reacciones de fulano y sutano, sus efectos sobre esto y aquello…

Para cualquier persona inteligente, atenta a los acontecimientos de injerencia directa en su vida y la situación nacional, una noticia como esa resulta francamente irrelevante. Murió otro ídolo de las masas, creado y entronizado por los poderes más siniestros de este país: Televisa y el Partido Revolucionario Institucional. Falleció de un infarto, ya anciano, aunque por la frivolidad de su trabajo intentaba parecer más joven. ¿Qué más hay que saber? Fue en tal sentido que decidimos dar la nota en este medio alternativo, sobre todo al observar que algunos de nuestros seguidores se desbarataban en llanto virtual (y quizá real) por la muerte del “divo de Juárez”. Ignoraban, tal vez, que por mucho tiempo, aprovechando su influencia y fama creadas artificialmente por Televisa, promocionó ante el pueblo a conspicuos personajes del priismo más nefasto como Carlos Salinas de Gortari o Francisco Labastida Ochoa. Desconocían, acaso, el derroche de recursos del erario estatal de Chihuahua para que amenizara las fiestas de cumpleaños del actual “gobernador” priista, César Duarte Jáquez, hoy a punto de convertirse en chivo expiatorio del usurpador Enrique Peña Nieto.

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En otras palabras, más directas, no sabían que Juan Gabriel apoyó a BRUTALES DELINCUENTES PERTENECIENTES A UNO DE LOS GRUPOS CRIMINALES MÁS PELIGROSOS DE ESTE PAÍS para que el pueblo los aceptara, y lo siguió haciendo hasta el último de sus días. ¿Aliviaría su pena el conocer esta faceta lamentable de su ídolo? Probablemente no, ni era nuestra intención, aunque seguramente no lloraron igual por la muerte del priista Sebastián Lerdo de Tejada, hace poco más de un año. Sólo pretendíamos crear conciencia. Que supieran a quién le han estado dedicando su duelo, sus lágrimas y su energía psíquica. Como siempre, en proporción a nuestras capacidades, el objetivo de cada una de nuestras notas es INFORMAR en toda la extensión de la palabra; sacar a la gente del marasmo inducido por los medios, que les impide observar la realidad desde un punto de vista crítico; proveer elementos relevantes, no mostrados precisamente en esos grandes medios, para CREAR CONCIENCIA.

Menuda sorpresa nos llevamos al recibir airadas reacciones por parte de usuarios de las redes sociales que leyeron nuestra nota sobre Juan Gabriel. Como en otros casos, los lectores no se indignaron por lo que en ella se denunciaba sino contra nosotros por darlo a conocer.

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La mayoría de los reclamos giraban en torno a la idea de que “hay que respetar a los muertos”. Otra vez, los rancios paradigmas de una sociedad repulsivamente hipócrita, indiferente a la violencia, la miseria y el sufrimiento de sus semejantes VIVOS, pero ansiosa por darse golpes de pecho al profesar su “respeto a los difuntos” aludiendo a castigos de ultra-tumba, fuegos eternos, consecuencias kármicas y otras condenas místicas que, de ser reales, aplicarían más por nuestras acciones y omisiones con los vivos aquí y ahora, que por lo que pensemos o digamos de quienes ya dejaron este triste mundo. Y hablando de hipocresía, ¿se indignaron igual, bajo el precepto del “respeto a la memoria de los muertos”, cuando informamos sobre los delitos del panista Juan Molinar Horcasitas en el contexto de su fallecimiento? Nótese el tono de los comentarios en la nota, dejados por los lectores. Cabe mencionar que en este medio no nos alegra la muerte de nadie, ni siquiera de brutales delincuentes como ese. Por el contrario, lamentamos que se haya ido de este mundo sin pagar por sus delitos, pues nos parece que esa no es una salida digna para nadie, ni para él ni para la sociedad a la que tanto daño causó. Esperar justicia en el más allá sin haber hecho lo humanamente posible por obtenerla aquí y ahora, es tan absurdo como privarse de llevar una vida plena a cambio de la promesa incierta del “paraíso celestial” después de la muerte.

Al margen de los argumentos discursivos utilizados por nuestros detractores para defender lo indefendible, preocupa más el hecho de tener que enfrentarnos en pleno siglo XXI a la infranqueable barrera del fanatismo; la debilidad de la mente humana, muy bien explotada por los grupos dominantes, de buscar héroes, figuras icónicas de adoración, líderes incuestionables a cuyos designios someterse ciegamente y que se traduce en rabiosa intolerancia a la crítica, por más válida que sea. Sobrada razón, de Voltaire, cuando describió al fanatismo como una infección cerebral gangrenosa que, de no atenderse, puede ser mortal… y ahí está la Edad Media —la etapa más IDIOTA Y VERGONZOSA en la historia— para demostrarlo. La humanidad debió morir ahogada en su fanatismo religioso para, literalmente, renacer libre de las ataduras y lastres mentales que le impedían desarrollarse en todo su potencial. Tristemente no ha sido capaz de sobreponerse a su debilidad infantil de refugiarse en alguna figura paternalista frente a los grandes retos de su vida, y los grupos criminales de siempre siguen beneficiándose de ello, al grado de que personas supuestamente “conscientes” dependen enteramente de figuras de adoración, esquemas preconfigurados de pensamiento, dogmas o “verdades absolutas” para llenar el vacío de su existencia y ver realizados sus propios sueños, sin darse cuenta de que semejante actitud retrógrada les impide precisamente llevarlos a cabo. Mil años de oscurantismo no nos enseñaron nada, por lo visto.

A ellos, los ciudadanos “conscientes” que no admiten cuestionamientos, argumentos ni razones contra su cantante favorito de Televisa o el líder político de su preferencia, un llamado urgente a la reflexión: ¿hasta qué punto están pensando por ustedes mismos? ¿Qué tanto están depositando su realización personal en alguien más? ¿No están repitiendo, sin darse cuenta, ideas preconcebidas del exterior cuando defienden, ciegos y sordos a la razón, a sus ídolos? Les recordamos que la auténtica libertad es incompatible con el fanatismo y la idolatría. ¿Cómo se podría ser libre con semejantes cadenas mentales?

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